domingo, 8 de mayo de 2011

Libros y poemas

Cuando vi el blog, y me acordé que tenía que escribir, pensé: mm… el tema que tenía para esta semana se me olvidó. Y no se me ocurrió nada. Hasta que de pronto, se me vino a la mente lo que escribiré la próxima semana: el último día del libro. Así es; no me canso de plasmar sentimentalismos en mi blog.
El próximo fin de semana estaré escribiendo cómo fue el último día del libro en nuestro colegio: el año 2012, probablemente la mayoría ni siquiera se enterará qué día cae. Yo creo que ninguno de nosotros se enteraría de la fecha si no estuviese el tío L para recordárnoslo.
Hay tantos recuerdos de años anteriores, tantas cosas que, a falta de espacio en mi cabeza, se van borrando poco a poco de mi memoria. Recuerdo cuando varias niñas (entre ellas la nuni, la dani y yo, si no me equivoco) recitamos en la actual sala de 1ero medio. Y qué bah, ya no me acuerdo de muchos días del libro: son otro tipo de eventos los que más recuerdo. Y aunque esta fiesta quizás no sea tan relevante o no nos deje tan marcados como otras, es una instancia agradable donde todos muestran sus dones y talentos; y que recordaremos con una sonrisa en varios años más.
Y ya que me des-inspiré, y no me da más para este tema, voy a contar algo de lo cual no creo que muchos se acuerden. En sexto básico, un año después de llegar al colegio, me pidieron que recitara un poema para fin de año, cuando las graduaciones aún eran un evento con muchos actos. No recuerdo de quién era el poema; pero creo que me hicieron usar ese “vestido” que parecía un saco de papas (el que usamos para un baile nortino ese año, CREO), y la tía Nancy me hizo un cintillo azul que combinaba con la flor que debía llevar en una mano. En un principio la María Jesús iba a recitar conmigo, pero por alguna misteriosa y mística razón, no lo hizo. Entonces, le pidieron a la Nuni que lo hiciera; pero fue dos días antes, y era un texto realmente largo. No era tiempo suficiente, y no pudo hacerlo conmigo (Igual se lo aprendió casi todo, seca amiga). Así que hube de pararme sola y temblorosa frente al auditorio de la iglesia lleno, pero gracias Señor, no se me olvidó nada.
Les saco pica, fui la primera del curso en interactuar con el tío L, porque le pidieron a él que me ayudara a prepararme.
Cuando era pequeña y me preguntaban si tenía algún talento, siempre respondía orgullosa: “recitar”. La verdad, ya no me atrae tanto como antes. Si mal no recuerdo, la última vez que lo hice fue para la bienvenida de la tía Paulina, el año antepasado (¿?): mi poema favorito, de Rubén Darío, “A Margarita”.
Ahh, y todos los días, cuando mi compañero Camilo me pregunta “¿Por qué lloras?”, le respondo “Porque tengo que llorar. Anoche pasó mi novio, y no me quiso saludar…”

domingo, 1 de mayo de 2011

Tías

Domingo, otra vez. Pero por lo menos no son las once de la noche. Ahh, antes que se me olvide, quiero destacar lo feliz que me hace seleccionar en el Word la letra Kristen ITC número 12, en vez de la Arial 11. MUAJAJAJAJAJA.
Bueno, y ahora en serio, mi tema de hoy es al fin, uno que ya tenía pensado hace un tiempo. Cada vez que un cuarto medio se gradúa, destacan la labor de los mejores profesores de educación media. En cada nuevo día del profesor, los estudiantes les llevan cartas y regalos a los profesores que estudiaron Pedagogía en algo para Educación Media; o como se llame cuando uno estudia para enseñarle a los más grandes del colegio.
Pero, ¿Qué pasa con las profesoras de Básica? ¿O las de párvulos? ¿Cuántos de ustedes podrían recordar el nombre de su profesora de kínder? (No valen en Matías, el Seba y todos los que están en el colegio desde que nacieron)
Siempre destacamos cómo han marcado nuestras vidas los profesores que nos preparan para la PSU, pero olvidamos que nuestra infancia temprana (y no tanto) también es una parte importante de la vida; y que las personas que nos ayudaron a vivir esa etapa, son igual de importantes que las que nos ayudan ahora.
Hoy quiero destacar a esas profesoras; desde las parvularias hasta las de sexto básico. Mis tías del jardín Eluhuen: la tía Sole y la tía Jeanette (de ella no me acuerdo, pero mi mamá me sopló el nombre), que aún después de años se acordaban de mí; la tía Andrea, la tía Erika, y otra que tampoco recuerdo cómo se llamaba, del Encuentro; y mis queridísimas tías de mi actual colegio (del Playground no me acuerdo nada porque me cargaba TODO lo de ese colegio). La tía Kathy, que nos enseñó de sílabas tónicas, y reglas ortográficas y gramaticales; la tía María Elsa, que nos enseñó de fuerzas y nos hizo construir un dinamómetro (para pesar Newton, del cual nadie se acuerda); el tío Rodolfo (única excepción masculina de esos años), cuando nos aprendimos la cosita de Capricornio, y la línea del Ecuador; la tía Carmen Gloria, que nos entregaba sudokus, etc. No sé si me olvido de alguien.
Letra de la tía María Elsa en mi cuaderno de Lenguaje.
La verdad escribí esto pensando en la tía María Elsa, que me acogió mucho cuando recién llegué al colegio, y me marcó mucho también. Cuando me preguntaba algo, sentía que no le podía mentir, que la decepcionaría si lo hacía. No es que yo fuera una mentirosilla; pero mi pensamiento era de no delatar a nadie, nunca. Una vez la tía María Elsa me preguntó quién había hecho no recuerdo qué, y le respondí “el Matías”. Claro, en esos años ese niño me caía mal, pero no es el punto.
Cuando me fracturé el brazo en 5to básico, ella me escribió la materia; y aún conservo cuadernos con su perfecta letra de caligrafía. Qué años aquellos. Gracias.
Y destaco también a otras que nunca me hicieron clases, pero que aman lo que hacen casi tanto como a Dios: la tía Gloria y la miss Miriam, que dan sus vidas cada día por sus niños.

Gracias, profesoras.

domingo, 24 de abril de 2011

Antigua inspiración

Otra vez escribiendo a última hora. Qué mal. Apuesto que mañana lo primero que me va a decir el señor L es “Daniela Mora no escribiste en el blog”. Pero ya qué.
Ya tenía pensado un tema para esta semana, pero como ya me ha ocurrido antes, lo cambié. Eso sí, esta vez fue por inspiración propia y no ajena, menos mal.
El pasado jueves mi estimadísimo amigo Camilo vino a mi casa, y la primera noticia que recibí cuando llegué, fue que Bonnie, la hámster de mi hermana y pareja de mi Clyde, había fallecido. Al parecer murió congelada. Fue la primera vez que me atreví a tomar el cadáver de un animal, para sacarlo de la jaula y llevarlo al cementerio (generalmente ni siquiera puedo ver a un animal muerto). En ese pequeño sector descansan dos tortugas de agua, una pollita, un patito, y ahora un hámster.
Luego de este triste funeral, con tan sólo tres asistentes, el Camilo y yo nos sentamos a tomar once con leche y galletitas. Mmm…
El punto al que deseo llegar, mis queridos lectores, viene a continuación. Cuando subimos, no me acuerdo por qué, le mostré al ya mencionado muchacho mis antiguos escritos: estuvo casi todo el rato leyendo entre cuentos y poemas que yacían olvidados en una repisa. Y fue un poco extraño el volver a leerlos. Excepto por el blog, y por uno que otro verso que de vez en cuando escapa volando de mi pluma, prácticamente ya no escribo. Como le expliqué a mi amigo Camilo (aunque al parecer a él no le pareció tan evidente), mi inspiración era más que nada dolor y muerte: desesperación en su más pura esencia. Creía ver belleza ahí donde nadie la ve: en el dolor humano. Veía algo sublime, indescriptiblemente hermoso en una lágrima de desesperanza, en un llanto o una escena triste. Sí, pueden creer que estaba loca, quién sabe. El asunto es que por eso ya casi no escribo: no es que no quiera, es que no puedo. La que antes fue mi musa e inspiración se ha marchado, y ha sido reemplazada por el gozo y la alegría. Si estoy feliz no me dan ganas de tomar un lápiz, sino de saltar (los que saben cómo lo hago pueden reírse, les doy permiso) y correr.
Ahora puedo expresar lo que siento a través de mi cara, mi cuerpo e incluso mis lágrimas. Ya no necesito escudarme ni reprimir mis emociones, otro punto importante. El papel y el lápiz eran el único medio a través del cual podía decirle al mundo lo que llevaba dentro, pero ahora ya no lo es.
No es mi deseo dejar de escribir, porque me gusta hacerlo, pero espero jamás hacerlo por mis antiguas motivaciones.
¿El secreto de este cambio? Simple: Jesús es el responsable. Él quitó ese
dolor, esa angustia y esa desesperanza, y los cambió por alegría, gozo y
un propósito por el cual vivir. Gracias Señor.

  
     Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres; y no os sujetéis de nuevo al yugo de esclavitud.”

domingo, 17 de abril de 2011

Habitación

Sí, supongo que debí haber hecho esto. Y supongo también que debí haber hecho todas mis tareas antes del domingo en la noche. No es una queja, para nada. Es cierto que esta semana está un poquito más que mucho sobrecargada, pero también es cierto que no organicé bien mi tiempo esta semana. No voy a entrar en detalles, pero hubo más de un momento que gasté en hacer NADA. Y es que me encanta hacerlo, ¿a quién no? Simplemente, hacer lo que se te cruce por delante sin tener que dejar la comodidad de tu hogar: en mi casa puedo hojear libros viejos;  jugar con mi gato y con mi perro; sacar almendras, duraznos o tomates; etc.
Me pregunto cómo será la universidad. Me pregunto si tendré tiempo para hacer nada; para invitar a mis amigos a que me acompañen en mi nadismo; o para deleitarme revisando viejos tesoros.
Es mi último año de colegio, pero el primer año en que intento adquirir un hábito de estudio, pero uno de verdad. Osea, repasar la materia (lo cual no me agrada), estudiar un día cada cosa, y hacer las tareas con anticipación, y no a última hora (como en este momento).
Soy de la clase de personas que no necesitaba estudiar los contenidos de una prueba para sacarse un 70, pero ahora siento que me pesa esa ‘habilidad’. Ahora debo repasar la información nueva cada día, y ser tan organizada como nunca en mi vida. Así no me quedaré dormida para despertar asustada porque tengo mil cosas que entregar, no he hecho nada y la escala llega hasta el uno.
El sueño hace sus estragos en mí, y mis párpados se cierran solos y pesados sobre mis globos oculares, luchando por mantenerse abiertos un rato más, peleando contra mi cuerpo y mi voluntad por plasmar en esta página algo interesante.
Me he preguntado si puedo guardar un fin de semana para hacer algo que no sea estudiar, y…tendré que esperar a entrar a una carrera para conocer un poco más de mi futuro.

viernes, 15 de abril de 2011

Nada inspirada

Cero inspiración para el blog. Sé que tuve una idea buena durante la semana, pero ya la olvidé; y como el tío L dijo que podíamos poner una frase si queríamos, hela aquí. No se preocupe profe, sí voy a escribir más tarde algo extenso y bien explayadoso, pero cuando esté inspirada y tenga tiempo.
Por mientras, dejo un poema de Bonnie Parker.
"Estoy segura de que habréis leído
cómo atracan bancos, cómo saquean,
y a los que les da por protestar
suelen encontrarlos moribundos o muertos.
En estas crónicas abundan las mentiras;
no son tan despiadados como los pintan,
son de naturaleza fiera,
todas las leyes detestan,
y a soplones, polis y chivatos.
Los llaman asesinos a sangre fría,
dicen que son crueles y malvados,
pero os diré con orgullo
que a Clyde lo conocí no hace mucho
cuando era honesto, recto y aseado.
Pero los polis le incordiaban,
no paraban de detenerle,
en una celda solían meterlo,
hasta que me dijo un día:
nunca seré libre, amiga mía,
así que me llevaré unos cuantos al infierno.
Saben bien que la ley siempre ha ganado,
otras veces ya les dispararon
pero siempre supieron de largo
que la muerte es el salario del pecado.
Algún día se irán a pique juntos
y juntos descansarán sus cuerpos para siempre.
Habrá unos pocos afligidos...".

Bonnie Parker y Clyde Barrow eran dos asaltantes de los años 30, en el Sur de EEUU. Ambos fueron asesinados en una emboscada, traicionados por el tercer miembro de la banda.
El auto en el que viajaban hoy es expuesto en un museo, y se aprecian en él 167 agujeros de bala.

viernes, 8 de abril de 2011

Algunos agradecimientos

Creo que continuaré un poco con lo del tema anterior, pero no exactamente igual.  Hablaré de mis amigos más cercanos, no de todo el curso en general; aunque de todas maneras destaco que por todos siento un amor genuino y un cariño especial, sin excepción.
Son contadas con los dedos de una mano las veces que he colapsado en el colegio, aún menos las veces que alguien lo ha notado. Si no me equivoco, en estos poco más de siete años, he perdido el control de mis emociones en cinco o seis ocasiones (dentro del establecimiento, se entiende). No soy como la mayoría de las niñas en cuanto a llorar y enojarse, y de hecho, el que ahora sea capaz de expresar cómo me siento no es sino milagro del Señor. De estas cinco o seis veces no sé cuántas alguien lo notó, pero puedo afirmar con total seguridad que fueron al menos dos.
La primera fue el año pasado, con alguien a quien recién estaba conociendo, y que sin embargo con el sólo hecho de ver mi cara supo que algo me pasaba. Fue raro, porque no éramos amigos hacía mucho, pero creo que ahí está cómo Dios te pone amigos, sin que tú los busques, y los lazos de extraña confianza que se producen sobrenaturalmente. “¿Qué te pasa?” “Nada”, le dije. Trató de quitarme las gafas, pero corrí la cara para impedírselo. Me dijo que se notaba. Comencé a llorar de manera silenciosa. “No eres de las personas que lloran por cualquier cosa”. Moví la cabeza, dándole la razón. La verdad me parece cómica la situación, porque este alguien no me dio ningún consejo, ni me dijo nada para que dejara de llorar. Simplemente me abrazó, me escuchó y me llevó a almorzar con los demás. Y no hizo falta que hiciera algo más, porque esa preocupación fue suficiente.
La segunda fue hoy. No importa el motivo, ni lo que ocasionó mi colapso, pero quizás no sea la última vez que llegue a ese estado de nuevo antes que acabe el año, por la misma razón. Me aislé de los demás, y me senté sola a tratar de calmarme para no explotar ahí mismo. Después de un rato llegó uno de mis mejores amigos, con una cara chistosa que intentaba subirme el ánimo. Al igual que la persona en el relato anterior, trató de quitarme los lentes oscuros tras los cuales se escondía mi mirada. Tampoco se lo permití. Mi vista comenzó a nublarse a medida que las lágrimas inundaban mis ojos, pero el único ruido que de mí provenía era el que hacía al girar mi cubo Rubik. Y no relataré la conversación que entre nosotros se desarrolló, porque tampoco es relevante; lo relevante es que me escuchó. Se sentó a mi lado y sólo dijo “desahógate”. No quería, pero hube de hacerlo. Creo que realmente lo necesitaba.
Y eso es lo que quiero destacar de ustedes: su preocupación y buena disposición. Quiero agradecerles porque pocas personas me conocen como ustedes, porque casi nadie sabe interpretar una mirada, o una cara. Porque no son más de tres personas las que me han prestado su hombro, me han escuchado y han logrado dejar una huella como la suya. Porque los buenos amigos siempre están ahí.
Gracias.

sábado, 2 de abril de 2011

Seguiremos siendo amigos

Sentada en el sillón de mi living, la música que suena no concuerda con los sentimientos que llevo dentro en este momento: una cueca demasiado alegre parece reírse de mí, recordándome que hay gente de lo más feliz a quienes no les importa si tengo ánimo o no.
Al encender el computador, ya tenía pensado sobre lo que iba a escribir; pero la última entrada de un niño llamado Matías me obligó a cambiar mis planes de manera radical. Luego de detenerme un momento para bailar una cuequita con mi hermana, vuelvo a lo que me convoca.
El miedo a perder a mis amigos más cercanos no es algo que haya aparecido ahora, sino hace un par de años; aunque la nostalgia se fue acrecentando a medida que pasaban los años, y veía mi graduación como algo cercano. Hace poco tiempo me prometí que dejaría de llorar por dejar el colegio, pero ya veo que es imposible. De repente me baja la nostalgia, y junto con ella las lágrimas de cocodrilo que parecen ansiosas por dejar mis ojos. Sólo hay dos cosas por las que he llorado tanto aparte de terminar el colegio, y ambas tenían que ver con separarme de gente.
Todos, o la mayoría sabemos que en la adolescencia los amigos pasan a primer plano, que somos inmortales y queremos cambiar el mundo. Les cuento: los sicólogos dicen la verdad en este sentido, o casi. Cuando somos pequeños la mayor parte de nuestra vida gira en torno a la familia: padres y hermanos, abuelos y primos… y sería. Al crecer un poco más nuestros horizontes se amplían, se agranda nuestro círculo de conocidos y comenzamos a vivir. Y creo que por eso es tan difícil el dejar de ver a estas personas tan importantes. Con ustedes he forjado mi vida, he crecido, incluso he adquirido sus gestos y expresiones. Por eso el Camilo dice que cada día me parezco más a la Fran, o la Tati dice que soy muy igual al Matías, y otros comentarios del mismo tipo. Hemos pasado tanto tiempo juntos, que va a ser tan extraño no llegar a la sala y saludarlos a todos, para que el Camilo diga “hola niña Mora”; la Vale diga “hola nena”; el Maxi me diga algo referente al día anterior mientras gesticula con un solo dedo; el Alvaro toque guitarra y el Matías se desespere porque saludo a toda la gente.
Vengo llorando por esto desde el año pasado, y me impresiona que aún me quede harta agua en los ojos para derramar. Y lo que más me impresiona es que el día en que me vaya todavía tendré lágrimas para mojar a cada persona que se me acerque, lo cual parece completamente irracional, considerando que no soy de llorar en situaciones públicas; como bien lo saben los pocos afortunados que han tenido el privilegio de verme en ese acto.
Simplemente no me cabe en la cabeza. Quiero pensar que el contacto no se va a perder, que vamos a seguir hablando, que en diez años más seguiré cantando More tan words con el Álvaro, que seguiré molestando al Camilo porque sí y porque no, que seguiré riéndome con el Matías por las mismas estupideces por las que nos reímos y discutimos ahora. Y no me importa lo que digan los adultos, que es casi imposible mantener a los amigos del colegio, que en la universidad voy a conocer a más gente. No me importa. Eso lo dice la gente aburrida que ya no tiene sueños en la vida, que miran hacia adelante sin importarles un comino si algo se les queda atrás, y que la pasó mal en el colegio. Yo puedo decir con orgullo que conocí a los mejores amigos y compañeros que alguien pudiese desear en el colegio, y que nunca voy a conocer gente como ustedes, en ninguna parte. Así tenga sesenta años, ustedes se llevan el título de amigos oficial, porque la base de ese título está tan firme, que NADA puede derribarlo.
Recuerdo un libro que leí cuando era más pequeña, se llamaba “¿Seguiremos siendo amigos?”...aún ahora me emociona